Magnífico este libro que tiene por tema a Emil Cioran (Rasinari, Rumania 1911-París 1995). Carlos Cañeque y Maite Grau han entrevistado a Fernando Savater, Simone Boué, Matei Calinescu, Ana Simon, Philippe Garnier e Ion Agheana. Simone Boué vivió con Cioran desde 1941 hasta su muerte. Como es sabido, cuando falleció el escritor, leyó y editó un voluminoso diario que abarca las fechas 1957-1972, publicado parcialmente en español. Boué no sólo fue su mujer sino su sostén económico, y aquí nos cuenta cómo Cioran le hacía partícipe, expectante, de todo lo que escribía, así que debió sentir cierta sorpresa ante su ausencia en el voluminoso diario. Tras leerlo, su viuda quiso pensar que no había sido tan infeliz como afirmó en muchas de esas páginas: sabido es que para Cioran el placer o la alegría no formaban parte de sus temas literarios. Boué nos cuenta que Cioran hacía la compra y que discutía con todo el personal del mercado, quejándose de vivir, siendo un iracundo, en un país con el mismo carácter. Tanto Savater como Boué coinciden en que no le interesaba especialmente los intelectuales y los escritores, pero sí los vagabundos y clochards.
Amable y feroz. Los profesores y académicos no existían. Savater considera que es un pensador pero no un filósofo, en la medida en que le preocupa reflexivamente su propio padecimiento pero no la objetividad posible del conocimiento. Boué confiesa: «Siempre que le encargaban algo sobre un autor, no podía evitar escribir en su contra, aunque le gustase mucho», y destaca su capacidad para el humor (que Ana Simone llama ironía) y la conversación. Aunque amable (tal como lo ve Savater), podía ser feroz con lo que le concernía (Boué dixit), e inasequible a la crítica si se trataba de sus trabajos manuales. Savater afirma que nunca se quejaba de los otros (pero en su Diario son pocos los que se salvan?) y que no era pesimista porque para él la condición humana era un error insalvable, tratando sobre todo de dinamitar las falsas ilusiones. Odió las jergas filosóficas y se sintió lejano a las filosofías sistémicas y totalizadoras conceptuándolas como inmorales por escamotear la pluralidad indeterminada de la vida. Para Savater, Cioran era un pensador pirrónico, interesado en la destrucción de lo proyectivo: una lucidez no constructiva que nos deja tal vez en la inacción.
Cotilleo metafísico. Es fácil observar en el Savater de hoy una crítica a su admirado Cioran, al que conceptúa como poeta o literato reflexivo (compartido por Agheana), opuesto a la democracia y negador de lo posible. Calinescu nos informa de la influencia que ejerció en su juventud (junto a Eliade, Ionesco y otros) Nae Ionescu, ideólogo de la Guardia de Hierro. El único que mantuvo una actitud contraria fue Mihail Sebastián. Cioran se arrepintió luego de su simpatías nazis hasta avergonzarse de ellas. Para Calinescu la obra de Cioran está basada en Marco Aurelio y el Eclesiastés. Lo considera un gran actor cuyo pesimismo fue una maravillosa representación: la caricatura de un profeta. «En Cioran hay mucho más teatro de lo que la gente sospecha». Afable, era iracundo y ejercía un «cotilleo con implicaciones metafísicas».
Son muy cordiales e inteligentes las respuestas de Ion Agheana, quien habla siempre de Cioran como «maestro». En el pensador rumano había una reacción contra el espíritu (como lucidez crítica) por su acto de rebelión contra el paraíso de lo indiferenciado. A su vez, el dolor, en oposición a la ausencia de contenido de la lucidez, está lleno de verdad: no nos deja mentir. Agheana nos habla de la beligerancia antiplatónica de Cioran y sus consecuentes elucubraciones proyectivas del mundo de las Ideas; tampoco estuvo cerca de los ilustrados «maníacos de lo posible» ni de la pasión definidora de la abstracción, que consideraba un «pecado de omisión». Para el autor de El inconveniente de haber nacido, sólo el suicidio, como idea, era de gran utilidad. Aunque le interesó el budismo (especialmente la idea de la Nada), estaba lejos de pensar que podía abolirse el deseo. El hombre es un ser caído en la historia, y por lo tanto el ciudadano es irredimible. En cuanto a Dios, que fue uno de sus grandes temas, Agheana sostiene que fue un «creyente sin fe» en una divinidad por encima de los dioses. Por último: la música fue para Cioran el gran arte del consuelo, salvo que no nos da ningún punto de apoyo en el espacio.


